La mujer, el hombre y el sofá gris

Una mujer está a cuatro patas, un hombre está de pie detrás de ella

Los tatuajes en la sombra

Ella estaba a cuatro patas sobre el sofá gris. Él estaba de pie detrás de ella.

La luz de la pantalla iluminaba sus espaldas. Sus movimientos eran lentos, casi pesados.

La clavícula de ella se marcaba con cada impulso. Los músculos de sus brazos estaban tensos.

Sus manos, llenas de tinta, se apoyaban en el tejido gris. Los dedos se hundían levemente.

Él.

Su mano derecha se cerró sobre su cadera. La piel blanca de la camiseta se arrugó bajo sus dedos. Su otra mano buscó el mismo punto en el otro lado. La sostuvo firme, sin moverla.

Ella inclinó la cabeza. El cristal de sus gafas reflejó por un instante un destello azul de la pantalla. Luego, la luz se fue.

El sofá crujió. Un resorte protestó. Un sonido seco y metálico.

Él ajustó el ritmo. Un poco más rápido. Un poco más profundo.

Ella arqueó la espalda. Su columna formó una curva perfecta bajo la tela de la camiseta. Su respiración se hizo audible. Un jadeo corto y seco.

Junto a su rodilla, la figura rosa de un juguete permaneció inmóvil. Observaba sin ojos.

Su mano izquierda se despegó de su cadera. La levantó. La posó en su costado, justo donde la camiseta se levantaba ligeramente. Allí, asomaba el borde de otro tatuaje. Sus dedos se extendieron para cubrirlo. No presionaron. Solo descansaron sobre la piel oculta.

Ella no se movió.

La mano de él en su costado se deslizó hacia arriba. Siguió el contorno de sus costillas. Llegó hasta el borde inferior de su sujetador. Se detuvo.

El reloj de pulsera no estaba allí para marcar el tiempo.

Minuto y medio. Dos.

Su brazo derecho se cansó. Cambió el peso de su cuerpo. Su mano en su cadera se aflojó. Luego, volvió a apretar.

Ella giró ligeramente la cabeza hacia él. Su perfil fue una línea oscura contra la luz. No llegó a mirarlo.

Él se inclinó sobre ella. Su pecho rozó su espalda. Su frente casi tocó su nuca.

El movimiento continuó. Siempre el mismo. Un vaivén constante. Un sonido sordo y repetitivo.

La camiseta blanca de ella empezó a oscurecerse con el sudor en la espalda. Una mancha irregular se extendía entre sus omóplatos.

La tecla de una computadora, abandonada en un cojín, brillaba sola.

Él abrió las manos. Sus dedos se extendieron. Sus palmas se separaron de su cuerpo.

Por un momento, no la tocó.

Ella se hundió un poco más en el sofá. Sus codos cedieron.

Sus manos volvieron a caer sobre ella. Con más fuerza esta vez. Como reclamando el terreno perdido.

Ella emitió otro sonido. Más largo. Un suspiro ronco que terminó en silencio.

Él enderezó la espalda. Se separó unos centímetros. Miró hacia abajo. Vio la nuca. El pelo recogido. Las gafas torcidas. La curva de sus hombros.

Su respiración era la única que se oía ahora.

Ella esperó.

Él no se movió.

Luego, sus manos se retiraron de su cuerpo por segunda vez. Las dejó caer a sus lados.

Ella se incorporó lentamente. Se arrodilló sobre los talones. Se giró hacia él. La luz le dio de lleno en las gafas. Dos círculos blancos cegaron su mirada.

Él seguía de pie.

Ella extendió la mano. Sus dedos con tatuajes encontraron el borde de su propia camiseta blanca. Agarró la tela.

Y empezó a subirla.

La boca abierta

Ella abrió la boca. Fue un movimiento pequeño y rápido. Lo hizo en silencio.

Él tenía las manos en sus caderas. Sus dedos se hundieron un poco en la tela de la camiseta blanca. Ella no se movió. Permaneció a cuatro patas sobre el sofá gris. La luz de la pantalla iluminaba sus gafas.

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Sin una palabra

Nadie dijo nada. La única respiración era la de ella, un poco más acelerada. Él inclinó su torso hacia delante. Su pecho rozó su espalda. Los tatuajes de sus brazos se mezclaron con los de su costado por un instante.

Ella volvió a cerrar los ojos. La clavícula se le marcó bajo la piel. La punta de su nariz casi tocó el respaldo del sofá.

  • Ella abrió la boca.
  • Él apretó sus caderas.
  • Ella contuvo el aire.
  • Él se inclinó sobre su espalda.
  • Ella cerró los ojos.
  • La luz rebotó en sus lentes.
  • Nadie pronunció una palabra.

Después, él retiró las manos. Los dedos se despegaron de la tela blanca. El vacío que dejaron duró menos de un segundo.

Las manos vacías

Él retiró las manos de su cintura.

Ella se enderezó. Se sentó sobre sus talones. La espalda se le arqueó un poco. Se quedó quieta un momento. Luego se llevó las manos a la nuca.

Agarró el cuello de la camiseta blanca. Se la quitó por la cabeza en un solo movimiento. La tela pasó rozando sus brazos. La dejó caer al suelo, al lado del sofá.

La luz de la pantalla tocó los tatuajes en su costado.

El tiempo de las cosas

Nada más cambió durante esos minutos. Las cosas de la habitación seguían en su sitio.

Objeto Dónde estaba Qué le pasó
La camiseta blanca Estaba sobre ella Quedó abandonada en el suelo
El sofá gris Soportaba su peso Permaneció inmóvil
El juguete rosa Descansaba junto a un cojín No se movió
El reloj No estaba en su muñeca Siguió sin aparecer

El aire no se movió. Los segundos se hicieron largos.

Ella respiró hondo. Él esperó.

Una mujer sentada sobre un hombre, que está sentado en un sofá

Las horas del reloj

El hombre se sentó en el sofá. El cojín crujió bajo su peso. Ella se giró. Bajó de la posición de cuatro patas. Sus rodillas dejaron dos marcas hundidas en el tejido gris.

Se movió hacia él. La palma de su mano izquierda se apoyó en su hombro para mantener el equilibrio. Subió. Una rodilla a cada lado de sus muslos. Se sentó.

Él no movió las manos. Permanecieron a los lados, sobre el sofá.

Ella se acomodó. Su espalda se arqueó levemente. Los tirantes de su sujetador negro se tensaron. La piel de su costado, donde la tela de la camiseta ya no estaba, tocó directamente sus pantalones.

La muñeca de él, sin reloj, descansaba sobre su propio muslo. Los números y las flechas de sus tatuajes miraban al techo. Los de ella, pájaros en vuelo, apuntaban hacia la alfombra.

Quedaron quietos. Respirando. El único movimiento era el leve balanceo de su cuerpo sobre el suyo, un ritmo lento y constante. Minuto séptimo. Octavo.

La muñeca rosada seguía en su sitio, junto al mando. La luz de la tarde entraba por la ventana e iluminaba el polvo en el aire, inmóvil.

Así se quedaron. Hasta que el tiempo se agotó.